CRITICA
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Alma y vida de los puentes

CARLOS GALÁN LORÉS

Estamos tan acostumbrados, en estos tiempos, a desplazarnos a altas velocidades para ir de un lugar a otro, que apenas si prestamos atención a la vía que pisamos y que nos conduce a nuestra meta. Y, sin embargo, a poco que reflexionemos, nos daremos cuenta de que atravesamos parajes cambiantes, coronamos alturas escarpadas o nos hundimos en valles sombríos. De vez en cuando salvamos ríos que se interponen en nuestro camino por medio de puentes de la más variada longitud y construidos con técnicas diversas. Hoy no nos llaman la atención, quizás alguno por su rareza, o por sus dimensiones, pero la mayoría quedan bajo nuestras huellas insensibles. Pero, si lo pensamos, nos percataremos de que desde siempre los puentes han ayudado al hombre a vivir mejor, a acortar distancias, a comunicarse más fácilmente. Son, y han sido, Caminos en el aire, que es el título que Juan José Arenas de Pablo ha dado a un completo y abrumador estudio en dos volúmenes sobre los puentes a lo largo de la historia.

El autor es Doctor Ingeniero de Caminos y Catedrático de Puentes de la Escuela de Caminos de la Universidad de Cantabria. Pero no es un teórico, sino que la práctica va unida estrechamente a su tarea profesoral. Por ahí andan diseminados no pocos puentes proyectados por él, en solitario o en equipo, muchos emblemáticos: el de la Barqueta para la Expo'92, el viaducto de la Arena en Vizcaya, el arco de la Regenta en Asturias, el puente móvil Porta d'Europa del Puerto de Barcelona, el del Tercer Milenio en Zaragoza y así una larga serie a la que se deben añadir otros edificios civiles, como la todavía sin inaugurar Lonja de Pescados del Puerto de Santander. Y ahí sigue ideando nuevos puentes, como el futuro espectacular de Luchana, nuevos edificios, nuevas rutas que unen pueblos. Dice en el prólogo Sáenz Ridruejo que "nuestro autor asume modestamente una tradición de siglos a la vez que se proyecta, con la máxima ambición, hacia donde quiera llevarle el futuro", ambición que le impulsa a fundir utilidad y estética, construyendo puentes que sorprenden por su belleza.

Este Caminos en el aire tuvo su germen en 'El puente, pieza esencial del mundo humanizado', lección inaugural de la Universidad de Cantabria en el curso 1982-83 y el título ya nos da alguna pista de las intenciones de su autor. Rompiendo con el esquema simplista de que los llamados hombres de ciencias carecen de inquietudes humanísticas, Arenas propugna que «la ingeniería, la buena ingeniería, está obligada a ser en su misma base humanismo», es decir que este humanismo no sea un mero añadido ornamental, sino algo que forme parte intrínseca de la obra bien hecha. Esta obra es una historia de los puentes, ordenada cronológicamente, con lo que se la vez crecer, desarrollarse, partiendo de los más primitivos hasta llegar a mediados del siglo veinte. Porque el autor, con modestia y prudencia deliberadas, ha evitado abordar la época en la que él es protagonista ejemplar.

Escollo y logro

Un primer escollo que Arenas tuvo que salvar fue qué punto de vista adoptar y qué tratamiento dar a la obra. Y lo tuvo muy nítido desde el primer momento. Había que hacer una obra que llegara a toda clase de lectores con una mínima cultura, pero también debía satisfacer a lectores con formación en ingeniería, es decir, al profano y al experto. Difícil conjunción de intereses que inteligentemente ha sabido amalgamar. Como observa el prólogo: «El autor no ha pretendido hacer una obra de texto, pero lo ha planteado con intención docente, descendiendo a explicar las operaciones necesarias para la construcción de los puentes e incluso la terminología de su despiece».

Por ello, con pragmatismo, el autor aconseja al lector poco ducho en conocimientos estructurales que no dude en saltarse algún párrafo difícil porque más adelante se recupera el lenguaje ordinario y "el libro sigue ofreciendo conceptos e historias que les van a interesar". Seguramente colmará el deseo de Arenas, que, cuando pasemos por un puente, nos preguntemos cómo resiste las cargas e intentemos dar con una explicación convincente basándonos en estas páginas.

Pretende, dice, contribuir a elevar el nivel cultural y técnico de nuestra sociedad. No sé si lo conseguirá, probablemente sí, pero lo que con toda certeza consigue es que el lector profano se apasione con la lectura de estos Caminos en el aire. Pone tal empeño en la tarea, la acomete con tal entusiasmo, se entrega de tal modo, que el lector devora las páginas viendo crecer, transformarse, evolucionar los puentes desde los de piedra a los metálicos, de hormigón armado o de hormigón pretensado. Y cuando vuelve la última página le queda el apetito abierto para completar ese medio siglo que le falta y que es en el que ha visto surgir los puentes más modernos.

Trasfondo humano

Comienza con una completa introducción sobre los puentes de piedra, los más longevos, para luego adentrarse ya en el Imperio romano, el Medievo, el Renacimiento, etc. El lector recorrerá apasionado cada una de esas épocas y entrará en contacto con puentes a veces conocidos, otras novedosos, pero que cada uno presenta una peculiaridad diferente. Y, sobre todo, siempre aparecerá el trasfondo humanístico. Veremos por qué en el Medievo, frente a iglesias magníficas, los puentes son más mediocres sin muchas innovaciones con respecto a los romanos, pese a que gozaron de más libertad quienes se encargaban de su construcción.

En el Renacimientos nos presentará puentes de Florencia, de Venecia o de París, con soluciones ya atrevidas, conocidos por casi todos, pero que adquieren una nueva perspectiva a la luz de estas páginas. Desfila a buen ritmo la historia. Se destaca la mala gestión de Felipe II en política de transportes, volcado como estaba en su Escorial. Los balances de los siglos XV al XIX nos dan una acertada visión global de cuanto se hizo y de lo que se dejó de hacer. Los ejemplos de puentes, tanto europeos como españoles, vienen a ilustrar con claridad meridiana esa evolución en técnicas y conceptos

En esta obra magna podríamos espigar aquí y allá los centros de interés de Arenas. Cómo destaca la honestidad del ingeniero Paul Séjourne, escrupuloso a la hora de administrar el dinero de la colectividad sin permitirse ningún gasto superfluo, pero tampoco haciendo obras pobres por ahorros secundarios. Del puente arco de Wiesen, en Suiza, cómo contribuye a preservar la cuaterna de la Vida. Saluda con entusiasmo la aparición del hormigón armado en nuestras obras, aunque los puentes de piedra se dejaran de construir, esos puentes que eran «la máxima aspiración de las ciudades asomadas a un río» y que debemos conservar con mimo como legado del pasado. Hoy la mayor parte de los técnicos tendrían no pocas dificultades para levantar esos puentes de piedra. Es apasionante, porque Arenas se apasiona relatando la construcción del puente de San Luis, o el de Brooklyn, o el del Golden Gate. Y es que nos aproximamos al hoy más vivo. Tímidamente se asoma a los puentes de la Barqueta, Chapina, Plencia o Mérida para apoyar la vigencia de los arcos de acero. Pero ahí se detiene por lo dicho más arriba, que excluye su presencia.

Leerlo, el mejor regalo

Intentar espigar las claves de este libro de Juan José Arenas en apenas dos folios es tarea poco menos que imposible. Han quedado algunas de sus ideas, pero no todas. Leerlo es el mejor regalo que podemos hacernos. A cada página nos asalta alguna idea humanizadora que nos enriquece.

«Es toda una actitud moral y vital ilusionada y exigente la que resulta imprescindible para tejer el cañamazo que hace posibles los buenos caminos en el aire», dice el autor en su cierre tras dejar atrás, en sus más de mil páginas, los valores técnicos, artísticos, históricos y culturales de los puentes. Y, finalmente, si podemos recordar aquel ruego de su maestro Fernández Casado, casi una orden, «¿Nadie construya puentes en España sin haber pasado por Alcántara!», puente romano sobre el Tajo, yo remedaría «No hablemos ya de puentes sin haber leído Caminos en el aire de J.J. Arenas». No se arrepentirán, lo pasarán muy bien y saldrán enriquecidos.